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sábado, 11 de diciembre de 2010

¿Qué es "Amar"?

Cuando decimos "amar", ¿todos entendemos lo mismo?
El verbo amar es polisémico. Y cuando hablamos de “amor”, sin saberlo condensamos en un único término tres orientaciones distintas de ese sentimiento inefable. Ya Aristóteles distinguió la filia o amistad, el agapè o amor al prójimo y el amor erótico.
La filia en su expresión más excelsa es la amistad virtuosa fundada en la excelencia humana que cada uno percibe en el otro. Se es amigo del otro por lo que el otro es, y sólo puede darse entre iguales, pues “un dios y un hombre no podrían ser amigos”. Y esta clase de amor es tan pero tan puro que desafía el paso del tiempo, pues sólo puede ser destruido por la muerte.
Muy distinto es el amor como agapè, término griego que se traduciría en latín por caridad, y que es aquel donde el yo se consagra a otros seres humanos, por su calidad de prójimos. Es un sentimiento que no espera reciprocidad y que, a diferencia de las otras clases de amor, no crea lazos de dependencia respecto del objeto amado. Es el amor de la Madre Teresa de Calcuta. Aunque también tuvo sus críticos: Jean Jacques Rousseau, el pensador ginebrino impulsor del amor romántico, llegó a decir que aquel que ama a la humanidad es porque no puede amar a su vecino.
El amor erótico, por último pero no menos, es el deseo pasional de unirse a otro, en la creencia de que sólo a través de esa persona se alcanzará un estado del yo inalcanzable, presuntamente, sin la persona amada. Una de las formas en que suele encarnarse es el amor romántico, dado a luz en el Medioevo donde el caballero que se encaminaba a las Cruzadas debía abandonar a su bella doncella (o, la más de las veces, a una mujer unida en matrimonio impuesto por otros). Este llamado “amor cortés” fue fácilmente alimentado por una pasión recíproca desdichada invención del Occidente medioeval.
En unas páginas dedicadas al amor de Inteligencia ética para la vida cotidiana, señalaba que el amor asociado a la sexualidad fue objeto de posiciones tan ilustres como irreconciliables. Nada más y nada menos que Kant, el célebre filósofo de la Ilustración, se ocupó de defenestrar el amor erótico, porque a su parecer se usaba de otro para satisfacer, meramente, los deseos concupiscentes. Kant sentenciaba en Lecciones de ética que:

“… como la inclinación sexual no es una inclinación que el hombre tenga hacia otro ser humano en cuanto tal, sino una inclinación hacia su sexo, esta inclinación es un principio que degrada la naturaleza humana, al anteponer a un sexo sobre el otro y deshonrar a este último por satisfacer dicha inclinación.”
Distante del puritano menosprecio kantiano, en El Banquete de Platón leemos un panegírico en honor a Eros, el amor personificado en un dios bienhechor que concede los favores más excelsos y cuyos poderes trascienden nuestra existencia mortal:
“Concluyo diciendo que, de todos los dioses, el Amor es el más antiguo, el más honorable y el más capaz de hacer al hombre virtuoso y feliz durante la vida y después de la muerte."
Ambas perspectivastan autorizadas como contrapuestas condensan la posición del amante escindido entre un espíritu exigente y una carne no menos demandante, entre una casta conciencia y un cuerpo deseante.Incapaz de superar esa división, una y otra vez se volvería hacia el mismo interrogante. ¿Es el amor erótico una degradación del yo o, por el contrario, el sentimiento más sublime de todos? Hoy no dudaríamos; el amor todo lo puede, decimos, y hasta goza de cierta impunidad: en nombre del amor, se perdonan ciertos actos inadmisibles fuera de esa esfera.
Hoy también pensamos que la diversidad de las figuras en las que el amor puede encarnarse excede en mucho la clasificación aristotélica. El amor filial, el amor materno o paterno, el amor fraternal, el amor a una mascota, el amor a la tierra de uno, el amor a Dios para quien tiene fe. Porque lo cierto es que el amor es una emoción que puede expresarse de mil formas y suscitado por distintos objetos de amor.

¿Cuál es su definición del verbo amar?
Tal vez, más que una definición, mencionaría un elemento común a todos ellos: el deseo de hacer el bien al objeto amado, condensado en el siglo XVII por un gran filósofo, Leibniz, quien decía que amar “es alegrarse de la felicidad del otro”. Cualquiera fuera la figura del amor, creo que ese es el rasgo común, desear el bien del amado.
¿Qué se ama cuando se ama?
Una de las grandes cuestiones suscitadas por el amor –también ya planteada por Platón– puede formularse como sigue: Cuando un hombre ama a una mujer ¿la ama porque es amable, porque merece ser amada? ¿O, lo cual es muy distinto, es amable porque él la ama? No es una cuestión menor: si la ama porque es amable, ella presuntamente posee todas aquellas cualidades que la hacen digna de ser amada. Si en cambio, es amable porque la ama, es lo mismo que decir que el amante proyecta en el objeto amado todo lo que, para su mirada, debería poseer ese objeto de amor (de más está decir, sin que necesariamente lo posea). Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa son los príncipes azules, los mismos que, como se suele decir, destiñen apenas pasada la primera impresión?
Pero al gradiente de subjetividad amatoria se le suma una cuestión más: en todo sueño de amor, se puede amar aquello que creemos que nos falta. O se puede amar aquello que encontramos de semejante a nosotros en el otro.
Cuando amamos en el otro lo que creemos que nos falta a nosotros, repetimos la historia relatada en el bello discurso de Aristófanes en el mismo Banquete de Platón. Según el mito narrado por Aristófanes, hubo un tiempo en que la tierra estaba habitada por personas esféricas con dos caras, cuatro piernas y cuatro brazos. Y seres de tres sexos habitaban el planeta: el masculino, descendiente del sol, el femenino, descendiente de la tierra y el andrógino, descendiente de la luna, que participaba en ambos. La soberbia de los seres andróginos provocó la ira de Zeus, quien decidido a someterlos de una vez por todas, los dividió con su rayo. Pero lo significativo de este mito es que explica por qué, una vez convertidos los andróginos en seres incompletos, vivirían condenados a anhelar por siempre la unión con aquella mitad cierta vez perdida.
Cuando amamos al otro porque descubrimos lo semejante a nosotros en él, amamos con un amor narcisista, en el que amamos en el otro lo que consideramos más excelso de nosotros mismos, buscando la mirada del otro que nos reconfirme en lo que creemos ser. Este amor narcisista, sin embargo, puede ser trascendido a través de la paternidad y de la maternidad, donde ese amor es reorientado y superado en el amor a los hijos.
En cualquiera de sus formas, en cualquiera de sus figuras, el amor pertenece a la lógica del don: si bien tiene que darse una predisposición a enamorarse, éste no es un acto de mi voluntad; no decido ser amigo o brindarme o amar a tal o cual persona. Simplemente, acontece.
Tal vez, una de las enseñanzas más hermosas acerca del amor como sentimiento que enaltece la condición humana nos haya sido legada en su Autobiografía por Jorge Luis Borges, ya en el ocaso de su vida:
“Supongo que ya he escrito mis mejores libros. Eso me da una cierta satisfacción y tranquilidad. Sin embargo, no creo que lo haya escrito todo. De algún modo, la juventud me resulta más cercana que cuando era joven. Ya no considero inalcanzable la felicidad como sucedía hace tiempo. Ahora sé que puede ocurrir en cualquier momento, pero nunca hay que buscarla. En cuanto al fracaso y la fama, me parecen irrelevantes y no me preocupan. Lo que quiero ahora es la paz y el placer del pensamiento y de la amistad. Y aunque parezca demasiado ambicioso, la sensación de amar y ser amado.”

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